¿Ha perdido la filosofía el contacto con la gente? ¿Ha perdido la gente el contacto con el amor? ¿Ha perdido la gente la ilusión?
Si entrelazo estas preguntas no es, desde luego, en vano. Todo va de la mano. El afán, la ilusión, las ganas… el pensamiento. A día de hoy es muy fácil acercarse a un grupo de jóvenes y preguntarles qué les mueve. La respuesta más habitual es que les falta incentivo para hacer las cosas que deben hacer. ¿Qué ha ocurrido para que se incurra en esta desgracia? ¿Qué será de un corazón joven y sin empeño? ¿A dónde irá a parar? Y, lo más importante, ¿qué hará con las almas que se acerquen a él?
Un alma muerta no puede ser fuente de vida y de inspiración. Un corazón apagado no puede liderar grandes empresas. Todo sencillamente porque los espíritus no se engríen con amores baratos, con cosas que poco cuestan, con actitudes que poco motivan. No ayudan a construir, porque los cimientos se elevan sobre la ilusión. Es el ingrediente clave. Es como la sal del Evangelio. El problema se hace presente cuando la sal se vuelve sosa: ¿qué salará?
Efectivamente, se necesita un impulso de motivación para ponerse en marcha. Y tal motor es de especial importancia en la búsqueda de la Verdad.
La Verdad es algo de gran singularidad. No admite cualquier tipo de disposición anímica. Es inviable buscar la Verdad partiendo del cansancio, del aburrimiento, del estragamiento. La Verdad exige vitalidad y no tener miedo a embarrarse. La Verdad está hecha para almas todoterreno: sin miedo, con fuerza y brío, que luchen con denuedo.
Y lo mismo ocurre con la sabiduría. Como Platón bien planteó en su mito, el camino del conocimiento y la sabiduría se asemeja a la caverna de una montaña. Al principio todo es oscuro. Sin embargo, esto no es óbice para algunos, quienes afirman que hay cierto placer en el vivir en la ignorancia: el no saber no crea conflictos, dicen. No obstante, esto no es más que un modo de ser esclavo: es vivir con anteojeras. La huida de esta condición servil reside en escapar de los grilletes y ascender en la montaña. En una palabra: exigencia personal.
Por este motivo creo que muchos rechazan el camino del conocimiento. Porque exige y también porque la gente no encuentra un motivo suficiente para esforzarse en esta línea. Sin embargo, no dejan de existir personas muy involucradas y comprometidas con el edificio del conocimiento. Estas indagan, solucionan, superan. Luchan y avanzan. Y es en este avance que dejan a muchos otros atrás y, paulatinamente, van marcando una distancia que se va haciendo cada vez más grande.

Así, aparecen dos grupos bien diferenciados: por un lado, el de los insatisfechos e incómodos en la ignorancia y, por otro, el de los hastiados y acomodados. Al final, ambos grupos vienen a representar dos actitudes vitales. Unos son los diligentes; otros los perezosos. Unos son los inquietos; otros los acostumbrados. Unos son los sabios; otros los insensatos.
No obstante, a mi modo de ver, el distanciamiento de la filosofía respecto de la gente no es un problema producido en exclusividad por uno de los platos de la balanza. Todo lo contrario. Considero que este enredo es bidireccional. En efecto, al modo dialéctico, ignorancia y sabiduría parecen ser los polos opuestos de la relación, uno la tesis y otro la antítesis. Por un lado, unos carecen de fuente de motivación y tampoco tratan de buscarla; por otro, la filosofía continúa en su crecimiento al margen de estos, precisamente porque prescinde de ellos. Si bien, también se da el caso de personas que no saben aprovechar las almas inteligentes aun sabiendo que las tienen en frente. Son incapaces de vibrar con lo que otros vibran pues adolecen de esa falta de sensibilidad espiritual. Se asemejan a los faquires, capaces de caminar sobre clavos sin hacerse daño, brasas sin quemarse o cristales sin herirse. En verdad, los nervios sensitivos siguen existiendo, pero se hace caso omiso a la información que de ellos llega. Estos se llaman necios.
La clave, pues, o la solución, parece hallarse en una síntesis. Esta será efectiva cuando logre conjugar un bando y otro, cuando los que toman la filosofía como algo demasiado complejo e inaccesible para ellos lleguen a tener interés por cosa tan bella y cuando los filósofos, aun tratando cuestiones elevadas e intrincadas, sepan hacer viables tales conocimientos a cualquiera. Esto requiere una disposición del corazón por parte de unos a dejarse iluminar y también tener paciencia, por parte de los otros, para poder enseñar.
El amor exige paciencia. Cuando te aman, sueles sentir mayores esperanzas y con mayores esperanzas, surgen las ganas. Sólo entonces la gente conectará con el amor, con la ilusión, con la filosofía.