NO ES NECESARIO

“No es necesario”, “es cuestión de optimizar los resultados”, “sería más rápido hacerlo de esta manera” … Cuántas veces nos hemos descubierto cayendo en los enredos pragmáticos de la gente o, incluso, tratando de que los demás sucumban en nuestra propia tela de araña de la practicidad. Cuántas veces hemos mirado rápido, pero no bien; escrutadoramente, pero no profundamente; largo rato, pero sin prestar atención. Cuántas veces hemos deseado las cosas con intensidades fugaces y pretensiones inmediatas.

Caminando así sólo hemos desperdiciado oportunidades. Oportunidades de mirar, de dejarse extasiar, de sentirnos vulnerables frente a las cosas grandes. Vamos por la vida corriendo, jadeantes, mirando el reloj. No queremos llegar tarde. Pero, ¿a dónde llegas tarde, si, como decía aquel poeta, a donde tienes que llegar es a ti mismo? Nos perdemos cosas, lugares, momentos. Pero, sobre todo, nos perdemos personas y, con ellas, miradas, sonrisas, caricias. Porque, si no tenemos tiempo para uno mismo, ¿por qué habría de tenerlo para los demás?

Pretendemos hacer las tareas cuanto antes, evitando restar segundos a nuestra vida de manera innecesaria. Queremos las cosas ya. Y cuanto menos cuesten, mejor. El problema de esta optimización de la vida es que deja de lado lo más esencial del hombre: impide cualquier tipo de acercamiento al fuero interno. ¿Por qué habría de importar algo sin repercusiones físicas, materiales y bien visibles? Pero es que lo inmediato no tiene tanto valor como lo que exige esfuerzo, trabajo y empeño.

Hay cosas que no son necesarias. Y por ello son bellas. Hay cosas que no son inmediatas. Y por eso son buenas. Hay cosas que no son sencillas. Y por eso son verdaderas. Son todas esas cosas que se hacen porque sí, por puro desinterés. Nacen del corazón y eso las convierte en hermosas y amables. Exigen una donación personal, un volcarse hacia el otro en aras de buscar su bienestar o su felicidad. Implican devanarse los sesos, estrujarse la cabeza, ser inventivo. Y esto las convierte en complejas. No se pueden despachar rápidamente, como se liquida un taco de facturas o un contrato de compraventa. Son esa clase de cosas que requieren sacrificio, sudor y lágrimas. Representan horas de desvelo. Por ellas me atrevería a decir que esmero, creatividad y abnegación se convierten en sinónimos.

Si algo tienen en común todas esas “cosas” es, desde luego, la falta de practicidad. No se hacen porque se tengan que hacer, sino porque se quieren hacer. Es la diferencia entre el que hace un viaje disfrutando desde el embarque en el avión y aquel que comienza a pasarlo bien sólo cuando ha llegado a su destino. La diferencia estriba en que, mientras uno es capaz de saborear cada situación, el otro sólo goza aquellas que no le suponen molestias. Y el problema es que la vida no es siempre ni como queremos ni como nos gustaría. Vivir en desiderativo es, en todo caso, sobrevivir. En una vida realmente plena, no encajan los esquemas del pragmatismo.

El pragmatismo, a mi modo de ver, es una suerte de reduccionismo, a saber: considerar única y exclusivamente categorías prácticas. El pragmático obvia cosas, reduce matices, pierde sabores. En última instancia, renuncia a la vida del espíritu y termina por negarse a sí mismo. Abdica de algo tan magnífico como el verso y, por supuesto, de algo tan sublime como el amor.

La antítesis por excelencia de los prácticos y pragmáticos son los humanistas, gente de letras que pone su vida al servicio del noble ideal de la vida intelectual, de la sensibilidad. Para muchos están tirando su vida a la basura: ¿qué sentido tiene leer un libro hasta las tantas de la madrugada? ¿De qué sirve componer música para piano? ¿Cuál es la finalidad de escribir, tachar, borrar, reescribir, emborronar… teniendo los medios digitales a nuestro alcance? ¿Una respuesta sincera? De nada.

Las humanidades no tienen una finalidad práctica ni sintética ni agilizadora. Porque nada de esto busca quien se acerca a ellas.

Qué tendrá esa pluma,

qué tendrá su dueño:

qué tendrá el escritor…

Su escritura en negro,

alma en tinta reflejada,

encuentra vida entre las hojas,

entre los libros,

en las bibliotecas.

Busca, desnudo e inerme a su tropiezo,

respuesta a sus preguntas,

preguntas para sus respuestas:

la verdad de su existencia.

El poeta ama en verso, piensa en verso, siente en verso. Su ser se desgañita en las letras, en las sílabas, en las palabras. ¿Que para qué? Para nada. Simplemente lo necesita para escapar de un mundo sumido en la cultura del ruido, de las prisas, de las angustias; de lo práctico, de la innovación, de la vanguardia. Porque sí, no es necesario, pero, sencillamente, es vital.

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